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Cuando Uruguay arruinó la fiesta

Con un Obdulo Varela que alcanzó la categoría de mito, la Celeste consiguió su segundo Mundial en 1950. En el encuentro decisivo, venció a Brasil con un Maracanazo que entró en la historia.

31/05/2010 - 19:37 / Esteban Lafuente. Especial

En 1950 volvieron los Mundiales y Obdulio Varela se convirtió en leyenda. Habían pasado doce años desde que, allá por 1938 en Francia, quince equipos se habían disputado por última vez el trofeo Jules Rimet. Luego se desató la Segunda Guerra Mundial, el conflicto bélico más destructivo y sangriento de la historia de la humanidad, que obligó a suspender la organización de los torneos correspondientes a 1942 y 1946.

En una reunión realizada en Luxemburgo en julio del 46, la primera luego del fin de la guerra, se había pautado organizar la Copa en 1949 en Suiza, aunque ese país no contaba con estadios apropiados para el certamen. Por eso, se decidió postergar un año la fecha del torneo y cambiar la sede a Brasil, que contaba con el apoyo de los países sudamericanos, en desacuerdo con un tercer Mundial consecutivo en Europa.

La cuarta Copa del Mundo arrancó entonces el 16 de junio de 1950. Participaron en total trece equipos: siete americanos y seis europeos. Esta fue la primera participación de Inglaterra en un Mundial, luego de su reincorporación a la FIFA (se mantuvo alejada de la organización entre 1928 y 1946). Alemania, en tanto, tuvo prohibida su participación, a modo de castigo por su rol en la Segunda Guerra, mientras que Italia, vigente bicampeón, desistió de jugar tras la muerte de nueve de sus futbolistas, jugadores del Torino, en un accidente aéreo un año atrás.

Argentina, por su parte, decidió no disputar el torneo por presuntas diferencias con la Confederación Brasileña, que poco tiempo antes había prohibido a los equipos de ese país jugar contra los argentinos.

Brasil era el gran candidato del certamen, que volvió (después de los play-off de 1934 y 1938) a utilizar el sistema de grupos en la primera fase, pero con la novedad de que los ganadores de cada zona se enfrentarían en un cuadrangular para determinar el campeón. Como todos esperaban, se clasificó para la instancia final, tras imponerse a México (4-0), empatar sorpresivamente con Suiza (2-2) y vencer a Yugoslavia (2-0).

Todo estaba dispuesto para que el equipo local consiguiera su primer título. Sobre todo después de que en el cuadrangular final apabulló a Suecia (7-1) y a España (6-1). Con cuatro puntos, aún debía enfrentar a Uruguay, que tenía solo tres, producto de un empate con los españoles (2-2) y una ajustada victoria ante Suecia (3-2).

La virtual final del Mundial se disputó el 16 de julio de 1950 en Rio de Janeiro. El inmenso Maracaná, construido especialmente para el certamen y con capacidad para alrededor de 200 mil espectadores, estaba repleto (según el Guiness, ese fue el partido de fútbol con mayor cantidad de público). Brasil se consagraba campeón incluso con un empate. Cuentan las crónicas que Jules Rimet, presidente de la FIFA, ya tenía preparado un discurso en portugués para entregar el trofeo a los locales. En el vestuario visitante, luego de que los dirigentes temerosos les dijeran a los jugadores uruguayos que se conformaban con “un buen papel”, el capitán Varela arengó a sus compañeros: “Los de afuera son de palo. Cumplidos, solamente si somos campeones”.

El primer tiempo terminó con un empate en cero, resultado que le alcanzaba a Brasil. La algarabía en el estadio fue aún mayor cuando, en la segunda etapa, Friaca puso en ventaja a los locales. En ese momento, se erigió muy grande la figura de Obdulio Varela, el Negro Jefe. Lentamente tomó la pelota, la ubicó en el centro del campo y, enfriando el partido, infundió confianza a sus compañeros. La torcida brasileña estaba enfurecida pese a la ventaja. En ese clima enrarecido, la visita consiguió el empate a través de Juan Schiaffino. Y después, a diez minutos del final, Eduardo Ghiggia marcó el 2-1, para concretar el célebre Maracanazo.

Llegó el final del partido. Uruguay consiguió así su segundo Mundial. Jules Rimet, presidente de la FIFA, entregó la Copa al capitán Varela, y tuvo que archivar su discurso en portugués. Mientras, los frustrados hinchas brasileños miraban, atónitos, la nueva gesta de la mítica Garra Charrúa.

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