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Monti, ese caudillo todo terreno que defendió dos camisetas

01/06/2010 - 09:30 / Oscar Barnade - obarnade@clarin.com

Amado. Odiado. Amenazado. Codiciado. Idolatrado. Homenajeado. Todo eso y mucho más fue Luis Felipe Monti, el único jugador que disputó dos finales del mundo para dos selecciones diferentes. Fue ídolo argentino en los Juegos Olímpicos de Amsterdam en 1928, sufrió la peor de las degradaciones en el primer Mundial, en Uruguay 30, y recuperó fama y gloria en Italia en 1934.

Desde su puesto de centre-half, un cinco todo terreno, se ganó fama de jugador bueno y recio. Se inició en el Club Santos Lugares, a los 17 años. Después estuvo en Mitre, unos meses en Huracán y finalmente llegó a San Lorenzo y se quedó 10 años. "Tenía un temperamento fuerte. Siempre defendía a mis compañeros y quizá por eso, me llegaron a tener antipatía", contó muchos años después en El libro de los Mundiales, que editorial Crea publicó en la previa de Argentina 78. Por su personalidad, justamente, estuvo a punto de no ser convocado para la primera cita mundialista. "El viaje a Montevideo lo haré por la patria, a la que trato de servir leal, desinteresada y honradamente dentro de mi modesta posición en el deporte argentino", le escribió a los dirigentes que integraban la Comisión de Selección. No estuvo en la primera cita de 31 jugadores. Lo convocaron 20 días después, pero primero tuvo que ir a charlar a la Asociación. Además de la carta, allí prometió no excederse en su juego fuerte. En el primer partido de Argentina, contra Francia, fue un señor francés y encima anotó el gol del triunfo. Pero los hinchas uruguayos lo hostigaron durante los 90 minutos. Ante Chile, le cometió una fuerte falta a Surbiabre, quien reaccionó con un fuerte puntapié. Monti no se inmutó. Cumplía con su promesa. Recibió amenazas. También su madre. Los uruguayos cantaban serenatas a la noche para no dejarlo dormir. Dos dirigentes de San Lorenzo tuvieron que viajar de Buenos Aires a Montevideo para contenerlo. Monti no quería jugar la final. Los mismos dirigentes que no lo quisieron llevar por su juego fuerte, lo obligaron a estar la final. El resultado: Monti se quedó parado en la mitad de cancha. El miedo lo paralizó. Ni tocó la pelota. Cuando regresó, hasta lo acusaron de haber ido a menos.

Lo querían los italianos. Monti pidió el pase y los dirigentes no se lo dieron. Estuvo casi un año sin jugar y cuando se declaró el profesionalismo, pudo emigrar sin trabas. Llegó al puerto de Génova en agosto de 1931. Hacía un año que no jugaba. Estaba gordo y tenía 30 años. Fuera de estado. La gente de la Juventus tembló. No era el jugador que habían visto. Se entrenó como nunca, recuperó la forma, la fama, se hizo más tiempista y menos recio. Fue el caudillo de Italia campeón de 1934. Ya no fue el único amenazado. Todo el plantel estuvo bajo la mirada atenta del poder de turno: Mussolini. En 1965 recibió una medalla del CONI italiano. "Medaglia d'Oro al valore atlético conferita a Luigi Monti". Cuando murió, en 1983, era lo único material que le quedaba de tanta gloria.

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