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Hungría, el perfecto subcampeón

En Suiza 1954 se presentó uno de los grandes equipos de todos los tiempos: la Hungría de Puskas. Pero no pudo ser campeón. Alemania Federal le ganó una final de asombro. El mejor ejemplo de que la gloria no siempre necesita de vueltas olímpicas.

14/04/2010 - 21:03 / Waldemar Iglesias - wiglesias@clarin.com

El fútbol ofrece, ocasionalmente, reivindicaciones para los presuntos perdedores. Para aquellos equipos que remaron más que ningún otro en nombre de la consagración, pero que se ahogaron justo en la orilla. En tal sentido, el seleccionado húngaro que participó del Mundial de Suiza, en 1954, resulta una suerte de paradigma. A pesar de haber perdido la final frente a la brava Alemania Federal de Sepp Herberger, la historia y la memoria emotiva lo recuerdan como un campeón sin corona.

Era un ballet aquel equipo de Ferenc Puskas, Sandor Kocsis, Zoltan Czibor y Nandor Hidegkuti, entre otros cracks sin olvido. Llegó a la Copa del Mundo con antecedentes inmejorables: la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 y una racha invicta de 31 partidos, incluido un impresionante 6-3 contra Inglaterra, en la primera caída que sufrieron los dueños de casa en Wembley en toda su historia. Su recorrido inicial en Suiza consolidó su condición de equipo invencible: en la primera ronda goleó 9-0 a Corea del Sur y 8-3 a Alemania Federal. Luego se sacó de encima a los dos mejores del Mundial anterior, Brasil y Uruguay, en dos partidos memorables y polémicos. Sobre el encuentro semifinal contra La Celeste, el periodista inglés Paul Gardner escribió: "Produjeron una magnífica afirmación del fútbol como deporte". Al momento de recordar aquella jornada épica, Gerardo Bassorelli señaló en el diario La República de Montevideo: "Tantos años de invicto en Mundiales acabaron en los pies de Kocsis, pero, por más que el traspié haya calado hondo, al punto que algunos de nuestros muchachos lloraron en vestuarios desconsoladamente, el tiempo ha hecho que aquella derrota se transformara en orgullo de celestes y magyares". Algunos lo llamaron "El partido del Siglo".

Cuenta Javier Estepa, en el diario Marca: "Y nació el campeón moral en el Mundial de Suiza en 1954. Todos apostaban por una selección que estaba deslumbrando al mundo por su juego, su espectáculo y por la calidad de sus jugadores. Los números estaban de su lado (sumaban cerca de cuatro años sin caer ante ningún combinado nacional) y los aficionados les apoyaban".

Hubo razones, claro, para el tropiezo en el día más importante de la historia del fútbol húngaro. "Me parece que nos mató la confianza, ese invisible pero fatal halo de gloria que nos envaneció después de tantos elogios. El aflojamiento fue inevitable, aunque estuvimos concentrados durante 30 días antes del Mundial en la isla de Margarito, cerca del Adriático", le contó Puskas a la revista El Gráfico, en 1986.

La magia húngara duró ocho minutos en la final del 4 de julio, en Berna. A esa altura, con goles de Puskas y Czibor, los favoritos se imponían 2-0. Pero lo que sucedió después fue una de las hazañas más increíbles: aquella Alemania que había sido vapuleada en la primera ronda, se rearmó y se impuso 3-2, con un tanto de Max Morlock y dos de Helmut Rahn, tras un esfuerzo titánico. Aquel seleccionado de Herberger fue la matriz de una verdad sostenida en el tiempo y en cada competición relevante: nunca den por vencidos a los alemanes.

En el Wankdorfstadion, bajo la lluvia, cuando el capitán Fritz Walter levantó la Copa -entregada por Jules Rimet- nadie lo podía creer. Casi cinco décadas más tarde, en 2003, el director de cine Sonke Wortmann filmó una película sobre aquel día. El título retrata lo que aconteció en el encuentro decisivo: "El milagro de Berna". Eso había sucedido: un milagro que no fue capaz de quitar del perpetuo recuerdo al Equipo de Oro, a esos húngaros que parecían hacer posible lo imposible.

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