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Cuando grita la Celeste

Uruguay goleó 3-0 a Sudáfrica con dos tantos de Forlán y uno de Alvaro Pereira. Rompió así una racha de veinte años sin ganar en Mundiales, quedó cerca de los octavos de final y dejó al local al borde de la eliminación. Este jueves, por  el mismo grupo, Francia-México.



16/06/2010 - 15:51 / PRETORIA / Federico Kotlar, enviado especial - fkotlar@clarin.com

Llegó nomás el día de barrer con 20 años de alegrías menores. Después de aquel cabezazo de Fonseca ante Corea del Sur en Italia 90, este 16 de junio en Pretoria Uruguay se sacó las ganas de festejar en un Mundial y nada menos que contra el local, al que dejó al borde del abismo. Con la misma presencia en el banco que había habido en aquella victoria, la del Maestro Oscar Tabárez, la Celeste se apuntó un 3-0 contra Sudáfrica que tiene el valor de cortar una racha nefasta y además de dejarla muy cerca del pase a octavos de final.

Los dos salieron decididos a buscar algo más que en el primer partido. Sobre todo Uruguay, demasiado cautelosa ante Francia, que esta vez presentó tres delanteros: Cavani, Forlán y Suárez. Alcanzó para tener un leve predominio ante una selección que mostraba todavía menos que en el debut ante México, con el entusiasmo casi como única bandera.

Casi no pasaba nada en el partido, más allá de las diferentes propuestas. Hasta que a los 23 minutos Forlán mostró en la cancha toda su chapa de goleador, sacó un tiro de media distancia que se desvió en el hombro del capitán Mokoena y se metió arriba, donde no podía llegar Khune ni cuatro arqueros más. El Loftus Versfeld se llenó de alegría uruguaya y el golpe fue tan duro que hasta se callaron -sólo por un rato- las vuvuzelas.

Sudáfrica, un equipo con muchas limitaciones más allá de su enorme voluntad y motivación, quedó muy golpeada, y esa sensación desagradable de que el sueño del Mundial podía terminar demasiado pronto se apoderó de las tribunas. Desconectado Pienaar, en quien se recuestan las mayores esperanzas de creación que tienen los de Parreira, quedaban sólo la dinámica de Thabalala y la voluntad de Mphela arriba para intentar algo. Demasiado poco para la solvencia de una defensa que, sin dar clases de fútbol, descansa tranquila en la gran presencia de Lugano y el criterio de Godin. El resultado era un partido que hacía doler los ojos y un público que de a poco se iba apagando, como muestra de que también en un Mundial cuesta aportar desde las tribunas cuando desde la cancha no hay respuestas.

Uruguay afianzó su dominio en los primeros minutos del segundo tiempo. Ante un rival pasmado, podría haber aumentado si el suizo Busacca cobraba penal en un manotazo a Suárez en el área y también cuando Lugano quedó solo para cabecear en el área pero no impactó bien la pelota. Los Bafana Bafana, mientras tanto, empezaban a escuchar desde la tribuna menos vuvuzelas y más de un sonido universal que son los gritos de exasperación cuando se juega muy mal.

Recién a 25 minutos del final Sudáfrica pareció recordar que estaba por quedar muy cerca de ser el primer local en la historia que queda eliminado en primera ronda. A la voluntad que siempre tuvo le sumó algo de fútbol, siempre de la mano de un -en general- bien controlado Pienaar. Y ni así pudo.

La mayor calidad de Uruguay era evidente, más allá del repliegue ante la embestida sudafricana. Y entonces llegó la jugada que terminó de definir el partido. A Suárez le llegó con algo de fortuna un tiro de Forlán y enganchó ante Khune, que le cometió un claro penal. El arquero se fue expulsado y Cachavacha liquidó el resultado con la  contundencia que se le conoce: arriba, a la izquierda y a cobrar. Y el tanto del final de Alvaro Pereira le dio además una diferencia de gol que puede ser un factor importante en la hora de las definiciones.

Todavía le resta a Uruguay el choque final con México y es probable que la historia no esté del todo definida para ese entonces. Pero el paso que se dio esta noche helada en Pretoria fue inmenso, para la autoestima y para los números. Como para ir recuperando de a poco aquella grandeza que la historia le dio y ninguna racha, aunque sea de veinte años, le podrá quitar nunca.

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