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Todo el plantel se acordó de Cabañas

30/06/2010 - 08:26 / PRETORIA. ENVIADO ESPECIAL / Marcelo Máximo - mmaximo@clarin.com

Los lentes de Gerardo Martino se empañan, se mojan sin lluvia. Naturalmente, esas lágrimas que no contiene -¿y por qué hacerlo?- se sueltan apenas Oscar Cardozo saca un lápiz para escribir un acontecimiento histórico en el fútbol paraguayo. Ese pase a la red en el penal ubica a esta selección en cuartos de final del Mundial, por primera vez. Sus futbolistas corren, van en el aire sobre el césped del Loftus Versfeld de Pretoria, le vuelan las imágenes por su cabeza, sienten que todo lo pueden porque el escenario es conmovedor. “Tuvimos más corazón que juego, a veces con eso alcanza, aunque no sea lo ideal”, dice el entrenador argentino mientras su apellido es la letra principal de una canción que se escucha en el estadio. El Tata es, a esta altura, el carozo del asunto desde la mirada de los hinchas que se abrazan, lloran y se ríen, y no creen...

En este delirio sudafricano, un plantel que se mueve de un lado a otro, que sale con el tereré en mano, que no cae de semejante aventura -”es que todavía ni somos conscientes de lo que logramos, aunque siempre pensamos en querer ir por más”, dice Roque Santa Cruz- tiene un canto que es himno y va de boca en boca: Salvador Cabañas, el talentoso que no pudo jugar este torneo porque todavía se recupera del episodio violento -le pegaron un balazo en la cabeza- sufrido en enero en un bar de México. “El es el mariscal que nos guía, hubiéramos querido tenerlo acá, por eso nosotros lo pensamos todo el tiempo en este grupo y le dedicamos a él esta clasificación porque es parte muy importante de lo que nos pasa”, comenta el defensor Paulo Da Silva. “Hace una semana lo llamamos desde la habitación con todos los compañeros y ahora haremos lo mismo. Tenemos buenas noticias, que sigue bien la etapa de recuperación”, cuenta Cristian Riveros.

En ese puñado de simpatizantes envueltos en banderas, en esa escena que queda suspendida en el tiempo con los jugadores de cara a la platea, Paraguay pone su nombre entre los ocho finalistas de Sudáfrica 2010. Logra, en definitiva, lo que tantas generaciones de buenos intérpretes no habían alcanzado. Se estaciona, de una vez, en un lugar donde los registros lo pongan más cerca de los libros. Se regala, incluso, un partido soñado contra quien quizás sea -queda abierto el juego para gustos y paladares- el seleccionado que mejor juega: España. No está nada mal. “Este equipo rompió una barrera y puede dar más, nosotros sabemos que somos capaces”, avisa Lucas Barrios, el argentino nacionalizado paraguayo. En el mismo camino, y con igual identidad, Néstor Ortigoza, el volante campeón con Argentinos, dice: “Siento un orgullo enorme, porque debutar en un Mundial y con la chance de jugar por los cuartos es impagable. Además, a los sudamericanos les está yendo bien y eso me pone feliz”.

En las calles de Asunción, en las veredas de Pretoria, en un punto del planeta, el acento guaraní encuentra motivos suficientes para la identificación. Porque esta selección ideada por Martino se cuela entre los protagonistas, en silencio y sin un juego que garantice continuidad, pero con alma, entrega y corazón. Estos jugadores todavía no entienden que dentro de unos años, y tal vez para siempre, queden guardados en la memoria grande porque llegan a una orilla como nunca antes. Se emocionan, no se resignan y van a buscar un poco más, observan como su líder se tapa la cara con sus manos para que no vean el llanto de un niño. Y se contagian, porque algo fuerte pasa y les pasa. Entonces no se olvidan de su compañero Cabañas, de sus ídolos de chico, de sus maestros y familia y hasta alguno tal vez ponga la lupa en el tiempo para llegar hasta Arsenio Pastor Erico Martínez, el máximo goleador del fútbol argentino, nada menos. Y acá, en medio de tanto clima festivo, las fronteras se cruzan con jugadores y un entrenador que saben de qué se trata. El libro de oro se abre, tiene una nueva edición en guaraní.



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