Lo que parecía imposible se hizo realidad en un rato que duró quince minutos: el Brasil cómodo, de andar relajado, de mirada convencida, de antecedentes inmejorables en la historia y en lo reciente, se quedó de rodillas, a un costado. Holanda, esa Holanda que parece capaz de todo aunque no luzca, se sacó de encima al Penta. Así, de golpe. Aprovechando lo que se puede: cada resquicio vulnerable de un equipo que parece implacable.
La consecuencia la mostraron las primeras escenas posteriores al desenlace: Kaká, un crack entre sollozos, se agarraba sus cabellos y se los frotaba; parecía que no lo podía creer; Dani Alves, estupendo jugador, lloraba sin consuelo a la vista rumbo al vestuario del Nelson Madela Bay; Lucio, tal vez el mejor defensor del mundo, se sacaba la banda de capitán, como si fuera el Mundial del que ya no formaba parte. Del otro lado, no había individualidades para observar: eran todos un abrazo multiplicado y naranja. Todos ahí, uno arriba del otro; uno al costado; los demás más allá; imposibles de identificar. Ahí, justo ahí, quedó todo resuelto: Brasil, número uno del ranking de la FIFA, campeón de la Copa de las Confederaciones, Scracht del fútbol del mundo, se quedó afuera en los cuartos de final por segunda Copa del Mundo sucesiva. Habita en el verdugo una coincidencia: el dueño de la felicidad fue un europeo. En aquel caso, la Francia de Zinedine Zidane; ahora, esta Holanda de Wesley Sneijder y Arjen Robben.
El triunfo de Holanda tuvo añadido un impresionante valor histórico: ya son 13 las victorias en serie (entre Eliminatorias y Fase Final del Mundial) y así superó el récord que había instalado el inolvidable Brasil que se impuso en la Copa del Mundo de 1970. Por eso, más allá del acceso a las semifinales, el equipo de Bert van Marwijk se anima a desafiar a los intocables de la historia. Por ejemplo, también ayer, superó otro récord: acumuló su quinto éxito sucesivo y pasó la marca que tenía el mejor seleccionado de este país de fútbol, aquella Naranja Mecánica de 1974. Se insiste: esta Naranja Matemática -con sus modos no tan amigos del carácter lúdico de este deporte- se parece mucho a una impecable profesora de historia.
Hubo también razones del juego para esta clasificación de Holanda y para esta eliminación de Brasil. El equipo sudamericano, que dominó a gusto el primer tiempo, no supo tolerar el golpe de un imprevisto. Los Fabulosos Muchachos de Dunga ganaban 1-0 (con aquel gol inaugural de Robinho) y de repente se encontraron con un centro largo, perdido. Entonces, el mejor arquero de todos, Julio César, salió peor que mal; Felipe Melo calculó pésimo su cabezazo y la pelota, mansa, determinó el 1-1. Desde ese instante, que sucedió a los ocho minutos del segundo tiempo, el partido fue otro: Holanda dueño de casi todo; Brasil insólitamente descontrolado. Y en ese recorrido llegó el segundo gol de Sneijder (de cabeza, tras un corner), la expulsión de Felipe Melo y la sensación de que Holanda llegó a esta tierra con un horizonte clarito. Y que cada vez lo tiene más cerca: la posibilidad del primer título mundial de la historia. Nada menos.



