El abuelo Vladimir Weiss era eslovaco y representaba los colores de un país con dos naciones en sus entrañas: Checoslovaquia. Jugaba de defensor. Dicen que era simple y muy eficaz. En los Juegos Olímpicos de Tokio, en 1964, se colgó la medalla de plata. Ese mismo año, también nacía Vladimir Weiss, el hijo. Heredó la pasión y algunas particularidades: fue futbolista y fue defensor. Y también testigo de un cambio: el de su un país que volvía a brotar, Eslovaquia, tras ser juntado a la Repúbica Checa luego de la Primera Guerra Mundial. Jugó el último Mundial para Checoslovaquia (en Italia 1990) y luego disputó los primeros partidos del naciente seleccionado eslovaco, en 1993.
Más tarde, ya retirado se hizo cargo como entrenador de un equipo sin grandes antecedentes, el Artmedia Bratislava. Lo conocían de sus días de jugador. Y allí construyó un ciclo asombroso: ganó todos los títulos de la historia del club (dos Ligas, dos Copas y una Supercopa entre 2004 y 2008) y lo llevó a ser la gran revelación de la Champions League de la temporada 2005/06 (con triunfo ante el Porto, en el estadio Do Dragao). Luego sucedió lo inevitable: su chance en el seleccionado de Eslovaquia. También consiguió algo grande: lo llevó por primera vez a un Mundial, esta cita de Sudáfrica. Y consiguió el resultado más grande de la historia: el reciente 3-2 a la Italia campeona del mundo.
También tuvo un hijo que nació en 1989, se llama del único modo posible (Vladimir) y juega a lo que su sangre determina: al fútbol. Es un mediocampista que compartirá la temporada 2010/11 con Carlos Tevez en el Manchester City, tras haber sido cedido al Bolton durante la última campaña. Pero no sólo eso: también está acá, en Sudáfrica, como aporte joven y veloz de esta Eslovaquia que dirige su papá y que hoy, en Durban, enfrentará a Holanda. Disputó hasta el momentos 179 minutos. Ahora, va por más. Dice que lo hará en el nombre y en el apellido de su familia de fútbol.



