La maldición del repechaje se terminó para Australia aquel 16 de noviembre de 2005, cuando venció por penales a Uruguay y volvió a jugar un Mundial tras 32 años (su primera y última participación había sido en Alemania 74). La ajustada derrota 1-0 en los octavos de final con Italia, finalmente el campeón, no fue tan dolorosa. Es que esa notable actuación mundialista sumada a la creación, dos años antes, de la A-League, el torneo local, posibilitó que el fútbol tome un impulso diferente en un país en el que deportes como el rugby y el fútbol australiano concentran la mayoría de seguidores.
Y entonces sus dirigentes fueron por más. Cansados de siempre tener que lidiar con rivales en sencillos en Oceanía, donde Nueva Zelanda era el seleccionado que más complicaciones les podía presentar, decidieron renunciar a la Confederación de Fútbol de Oceanía y se unieron a la Confederación Asiática de Fútbol. Y enseguida, en la Copa Asiática de 2007 sintieron el rigor de enfrentar a equipos mejor preparados y decepcionaron.
Pero la revancha llegó en las Eliminatorias. Ahí, el equipo que dirige el holandés Pim Verbeek tuvo un andar tranquilo y se clasificó con tranquilidad: en la fase final, le sacó ocho puntos de ventaja a su escolta, Japón, en el Grupo 1, que también integraron Bahrein (repechaje), Qatar y Uzbekistán.
Australia intenta continuar con el legado que le dejó Guus Hiddink. El esquema es algo cauteloso (4-5-1), pero con mucha dinámica y ataque por las bandas. Aunque lo que hace realmente fuerte a los Canguros del Fútbol es el sentido de pertenencia que tiene cada uno de los jugadores. Saben a qué juega y cuáles son sus puntos débiles y cuáles sus virtudes.
El arquero Mark Schwarzer (Fulham) y los volantes Tim Cahill (Everton), Mark Bresciano (Palermo) y el talentoso Harry Kewell (ex Liverpool, actualmente en el Galatasaray) son los puntos más altos de este seleccionado australiano que en Sudáfrica 2010 buscará confirmar todo lo bueno hecho en 2006 y, de ser posible, dar una nueva sorpresa.




