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París era una fiesta

Un periodista de Clarín vio el partido ante Corea en el Trocadéro, frente a la Torre Eiffel. Crónica de una tarde apacible.

17/06/2010 - 14:38 / PARIS / Diego Heller - dheller@clarin.com

Es temprano. Apenas el mediodía de París, que había amanecido nublada, húmeda: un caldo empalagoso. Frente a la plaza del Trocadéro, los más tempraneros se alistan para ver el partido en pantalla gigante. Son todos de Corea del Sur, claro: gente organizada y previsora. En la explanada que da al palacio Chaillot, entre estatuas doradas vivientes y de las otras, un enjambre de africanos pugna por vender al menos una bandera argentina. Uno que dice llamarse Didier –el influjo de Drogba– jura que Argentina es su segundo equipo. Ayer decía lo mismo de Chile, le recuerdo. Ríe, y es un aviso de dentífrico charolado.

Abajo, en el césped sintético que hace de tribuna, la proporción es de diez a uno a favor de Corea, pero las cosas se irán emparejando cuando está por arrancar el partido. Los muchachos del sudeste asiático hacen ruido, pero sólo porque cada uno tiene un par de globos con forma de salchicha extra large, cortesía de un sponsor. De gritar, ni hablar. Cuando su selección entra a la cancha, aturden con el sonido de esos tubos, que recuerda al de una granizada sobre un techo de policarbonato. Así de feo, así de antifutbolero.

Primera constatación, a eso de los tres minutos: los coreanos festejan hasta un corner en contra. Seis minutos más tarde, ante la tercera pelota mal resuelta por el Pipita, suena el grito socarrón junto a mi nuca. “¡Diego, papá, ponelo a Martín que este gallina es horrible!”, dice uno con tonada cordobesa. El pedido suena extemporáneo, pero como bostero de ley uno no es quien para oponerse.

Ki Hun es amonestado; primera ovación de la platea francoargentina. “En el segundo tiempo me pongo la de Boca… Hay que repetir las cábalas”, avisa el de La Docta, que ya empieza a aburrir con su exceso de protagonismo. “¿Sabés que en Córdoba hay cantidad de coreanos?”, le dice a una porteña, tal vez queriendo ser galante. ¿Por qué no mira la pantalla callado?

Dieciséis minutos, la hora del milagro: gol en contra de Corea, y el cordobés que no se calla pero ahora porque grita el gol. “¡De caño encima! Ahora que se metan los palitos esos ya saben dónde”, dice apenas termina de modular la ele de gol. Poco después, la popu arranca con el rancio “Vamos, vamos, Argentina”; se ve que la propaganda de Italcred no se ve en Telefrance. Se lesiona Samuel –¿por qué no es Heinze?– y el relator francés parece encomiar a Carlitos. “Apasshhh”, lo nombra.

El cabezazo de Higuaín provoca otra explosión –“Soy de Argentina/ es un sentimiento/ no puedo parar”–, y los olés consabidos (qué pobre es nuestro cancionero patrio). Algunos ya gozan a los sonrientes coreanos: “¡Cebollitas! ¡Cebollitas!”, les gritan como si alguno de ellos lo entendieran. Mientras, las chicas de ojos rasgados ovacionan un lateral defectuoso… Cosa rara: la “zona roja” –así bautizó el ingenio popular al sector asiático– no luce deprimida. Será por eso que Demichelis, un muchacho generoso, les da otra vida más: 2 a 1, final del primer tiempo. Hora de ir a por una cerveza y una baguette con algo en el medio.

Arranca el segundo tiempo. Diego besa el rosario que lleva en la mano, sale el sol en París y la cerveza está bien fría: todas buenas señales. Cambio de lugar. Da pena romper la cábala, pero peor son noventa minutos de humor cordobés. Higuaín sigue perdiéndose goles hechos y Carlitos levanta ovaciones en dos idiomas (castellano y francés; lo que dicen en coreano se los debo). “Chouyun, no existís”, le grita a la pantalla una chica de Morón que se trajo una lata de cerveza de afuera (“dos euros contra los cinco que te sale acá adentro”)... A los doce minutos, cuando un delantero de ellos se pierde un gol increíble, la marea roja festeja cinco segundos antes de entender que la pelota jamás entró.

El partido aburre. Los turistas menos futboleros consultan mapas, una chica cuenta con demasiado detalle su último fracaso amoroso y Messi sigue sin aparecer. Algunos van por la tercera birra: está claro que para ellos el partido es una excusa. Hay fiesta en un bote sobre el Sena esta noche, según dicen.

Aplausos para Carlitos, que deja la cancha extenuado. “Vamos, Kun”, grita uno. Y el Kun va, se la pasa al Diez bis, arquero, botín tuneado, palo y el Pipita que no lo puede errar: 3 a 1, como en el ’86. “Partido liquidado, como dice el canoso ese que se confunde los jugadores”, acota un expatriado que lleva años lejos de Argentina.

Con el cuarto –tercero del Pipita-, ya está. “Coreanos, la tienen adentro”, resume el cordobés. No lo habrá dicho de la manera más elegante, pero tiene razón.

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