Palermo la pasa; Messi pica solo en profundidad, gambetea al arquero y se mete casi con pelota y todo dentro del arco. La escena bien podría haber ocurrido en el Mundial. Pero, como ya se sabe, lejos estuvo de suceder en Sudáfrica, donde Argentina fue eliminada en cuartos de final y Leo no pudo convertir pese a que, como lo elogió Vicente del Bosque -técnico campeón del mundo con España-, "en cada partido generó 20 ocasiones de gol". Entonces, la Pulga debió esperar hasta este amistoso en Panamá, en el que se enfrentaron sus amigos y un combinado de Resto del Mundo, para amigarse nuevamente con la red.
En un estadio Rommel Fernández colmado por 40 mil almas deseosas por ver al ídolo y a sus invitados estrella, durante algunos minutos se jugó a un ritmo demasiado tranquilo. En ese contexto, Messi demoró en entrar en ritmo. Y, para colmo, cuando finalmente lo logró, se encontró con un enemigo íntimo: el arquero José Pinto, su compañero en Barcelona, le amargó el festejo en un mano a mano, luego de una corrida con su sello.
Hasta que a los 33 se terminó el maleficio. Y ese tanto no sería el único. Porque sobre el final del primer tiempo, Messi encontró en el brasileño Cafú un socio ideal para hilvanar una doble pared dentro del área y concretó su segundo tanto -el tercero de su equipo- nuevamente con el arco libre.
En la segunda parte Messi se dedicó a hacer jugar a sus compañeros y a
mostrar destellos de su enorme categoría. Asistió a Lazzaro, también a
Palermo. Aunque fue justamente él quien liquidó el partido. Con Resto
del Mundo a tiro del empate, Leo recibió de Franco Zuculini y definió
con un tiro bajo, contra el palo derecho del arquero para darle aire a
su equipo con el 5-3. Luego, el propio Zuculini y Blas Pérez decoraron
el resultado, 6-4, que a esa altura era lo de menos. Volvió Messi,
volvió el gol, volvió la magia del mejor jugador del mundo. Bienvenido.




