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Messi y 10 más

Menos mal que no está diez puntos. Lionel arrancó el Mundial con una gran actuaciòn y ni se notó el cansancio que arrastra tras una temporada muy intensa en el Barcelona. Jugó los noventa minutos y fue imparable para los defensores nigerianos que igual no lo maltrataron demasiado.

13/06/2010 - 11:23 / JOHANNESBURGO, ENVIADO ESPECIAL / Daniel Avellaneda - davellaneda@clarin.com

Esas acciones que sólo cotizaban alto en la bolsa de Barcelona, comienzan a tener valor en nuestra patria. Esa deuda en celeste y blanco, empieza a ser cancelada. Porque los argentinos, propietarios de tanta pasión, se sentían acreedores de Lionel Messi. Le exigían ese brillo que despierta admiración aquí, en este rincón de Africa, y en todo el mundo, pero no tenía plazo fijo en la Selección. Y él, millonario de talento, apenas había pagado con algunas monedas de su juego. Hasta ahora, claro. Hasta este debut mundialista en el que devolvió un fútbol con intereses. Hasta este partido que ya no genera cuotas con la gente.

Messi frena la pelota con su suela izquierda, levanta la cabeza y encara sin temores. No lo pueden parar. Van tres minutos y esos negros verdes le clavan los ojos en la espalda. El mago rosarino se filtra por la izquierda, pero Higuaín define sin convicción. Es el preludio del día anhelado, el de la resurrección del diez, ese número que fue perfecto desde la zurda de Diego, el mismo que es ideal en el atardecer de Johannesburgo.

Leo es profundo, filoso como una lanza. Se entiende con Tevez, como si hubieran jugado juntos en algún potrero de Fuerte Apache. Sintoniza con Higuaín, como si su socio no fuera merengue. Recibe y avanza en diagonal. Y dibuja un tiro que es una pintura, pero no llega a ser obra de arte por el guante derecho de Enyeama, el increíble arquero nigeriano. Aunque un instante después, Heinze deja su firma en la red. No fue un pase gol el de Leo, porque el córner lo ejecutó Verón. Pero hay que reconocer sus derechos de autor.

Lo que sigue, es Messi y diez más. Porque todos se entregan por Argentina. Sin embargo, Leo es el mejor. Una Pulga gigante. Por sus diagonales picantes. Por su colección de gambetas. Por un nivel superlativo, ese que lo llevó a ser Balón de Oro en Europa, ese que ratifica su condición de crack con la camiseta de la Selección. Porque se reinventa como enganche.

Esta vez, no hay pecados de individualista. Messi toca la pelota. La computadora de Clarín no miente. Devuelve más medio centenar de pases al pie de un compañero. Pero desea el gol. Entonces, lo busca, lo seduce, le guiña el ojo, pero Enyeama, celoso con sus manos, no lo deja concretar. Ni desde lejos, como intenta en el primer tiempo. Ni mano a mano, como pretende resolver en el segundo.

Hay más recursos en la galera de Leo. Hay un caño con la pelota suspendida, un toque exacto entre las larguísimas piernas de Etuhu, que no entiende cómo es posible sentirse tan pequeño desde su metro noventa. Hay otro pase que le cede el gol a Higuaín, pero no es la tarde del atacante del Real Madrid. Levanta una pared con Di María. Y otra con Carlitos. Construye fútbol Messi. Le pone cimientos a 40 millones de sueños. Menos mal, piensan los nigerianos, que el físico no está diez puntos.

Y pensar que, fuera de ese escenario en el que es primera figura, resulta un pibe como cualquier otro. Por eso surge en la zona mixta con las manos en los bolsillos y su necesaire debajo de un brazo. Por eso habla con la naturaleza de quien cuenta una anécdota cuando le preguntan por sus proezas: “Hicimos un gran partido, aunque pudimos haber hecho más goles. Tuve varias. El arquero me sacó unas cuantas. Pero estoy feliz porque ganamos y era importante”.

Y asegura que ya es pasado la presión externa: “Sabía que, cuando llegara acá, todo iba a ser diferente. Nos sacamos de encima el peso que teníamos desde que jugamos las Eliminatorias, de lo feo que fue para el grupo. Teníamos que demostrar y lo hicimos. El mérito es de todos, no sólo mío”.

No es falsa su humildad, más allá de que sabe que es único. Es poco lo que dijo pero mucho lo que hizo. Y se va sin detenerse cuando le preguntan en inglés. Aunque ni en castellano podría expresarse como en el césped. Es que el lenguaje que mejor maneja Messi, se habla con los pies.

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