Iban 44 minutos del segundo tiempo ante Grecia cuando Martín Palermo convirtió su primer gol, a los 36 años y 277 días, en un Mundial. Se convirtió en el jugador más veterano en convertir en la Copa del Mundo para Argentina superando a Diego Maradona, y después vivió 24 horas soñadas.
Disfrutó los minutos que quedaban del partido. Se abrazó con Maradona y con cada uno de sus compañeros. Llegó al vesuario, se sentó, se sacó los botines y respiró hondo. Aguantó las lágrimas, pero no la emoción. Se bañó, se cambió y salió a la zona mixta. Se quedó casi una hora, habló con todos y de todo. A las 12 en punto se subió al micro y viajó desde Polokwane hacia Pretoria con el resto del plantel.
En el viaje, que duró unas 5 horas, su celular no paró de sonar. Amigos, familiares, conocidos, colegas... Todos llamando o mandando mensajes de texto para saludarlo. Otra vez la emoción, la presión en el pecho. Pero aguantó la lágrima el Titán.
La llegada a la Universidad de Pretoria fue a la madrugada. Se acostó e intentó descansar. Pero le costó a Palermo. El gol se sucedía en su cabeza una y otra vez. El abrazo con su hijo Ryduan, que gritó el gol con el alma en la platea del Peter Mokaba; las palabras de su papá, Carlos -"Es una emoción enorme, pero mi hijo ya me tiene acostumbrado, tiene más de 200 goles"-, el llanto de la mamá María Juana y el orgullo en carne viva de su hermano Gabriel, todo en una olla que se cocinaba a fuego lento en la cabeza del goleador. Todo mientras luchaba contra el sueño, para no dormirse, para no terminar con el sueño.
La mañana lo encontró a Palermo recordando el grito de gol y el festejo con sus compañeros. "Es un orgullo estar en un plantel donde está Martín", diría más tarde Jonás Gutiérrez. Se lavó la cara y se fue a reencontrar con ellos para desayunar. Casi lo ovacionan cuando entró al comedor del HPC.
Pero enseguida a pensar en lo que viene. Se aguantó la lágrima Martín. Primero al gimnasio y por la tarde al campo de juego, a practicar fútbol. Estuvo en el equipo ante los sparrings, él que había jugado "diez minutos" y que se "jugó la vida", como le pidió Maradona.
Pasó por la ducha, dio un par de notas exclusivas con la televisión (otra vez) y salió a la conferencia de prensa. "No lloré. Me aguanté las lágrimas para otro momento. Espero que sea el 11 de junio, con la Copa", dijo el Titán y se fue a cenar, pensando ya en el próximo grito.




